una melodía se dibuja en tu rostro…


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Una melodía se dibuja en tu rostro. Una humedad que te llega de lejos, desde calles que no transité, desde el vientre de tus lagartos capturados, desde la enigmática lucha de tu rey y tus peones cuando  no imaginaban siquiera la batalla. No quiero quedar en los balcones, ni en las salas de espera. El espectador aplaude y se marcha, se sienta o se pone de pie, se agita, se estruja los párpados, pero siempre se marcha.

No quiero ser cosecha ni viento de primavera. No quiero ser la viñeta que se tuerce y te mira desde el  sitio absurdo del homenaje.

Quiero volver a donde fuiste,  a  los caminos ciegos de tus primeros  laberintos,  a donde pensaste que todo era un error, que no era ese el camino. Quiero saber dónde cayó rendida la parábola de tu mirada cuando perseguías  por primera vez  el horizonte. Quiero ser la hoja seca que cae y se pudre, el agua que corre por la comisura de tus labios, el sillón que te columpia a un lado y a otro de tu  angustia. Quiero ser la partícula pequeña que te habite, que te ensucie la piel, que se revuelva en tu prisa. Quiero asistir a la fiesta en donde nacen tus letras, presenciar la caída de  tus barrotes de cristal.

Quiero ser la melodía que se alce sobre el humo del mundo y te devuelva, una  mañana como esta, la sonrisa perdida.

 

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