doblo en dos mi nombre y entro a un sobre en blanco…

Doblo en dos mi nombre y entro a un sobre en blanco. Sentencia, carta esperada, antiguo papel recién escrito. Nadie advierte el crujir de un cuerpo, el blanco sangrar del doblez infinito. Espejo transeúnte, peregrino volar, camino. Verde alimento, brazo en alta mar. Mi rostro se abre en cada tentáculo de un enorme y ciego animal que se mueve, y yo en una líquida caverna repleta de ecos que tropiezan unos con otros hasta quebrarse , y yo en la alta ventana por donde nunca pude ver la placidez del mundo, en el secreto de los bolsillos habitados por lagartos, en la frialdad de una pared que encierra insomnios y flores de angustia, yo en los laberintos de nombres que aún no han sido otorgados, en la madeja de rutas marcadas en blanco, yo danzando en miradas torcidas.

Este oscuro animal no ve a dónde va, no sabe andar con sus tantas cabezas, con sus tantos brazos, y yo lo levanto, lo empujo, lo arrastro, yo multiplicada y herida, pública y callada, florecida y sangrante, y arranco los puntos cardinales de mis mapas y los entierro en su cuerpo gris-brillante, resbaladizo, para que no mire atrás, para que no vacile, para que tampoco recuerde, para que su piel resista la conmoción de la fecundidad, para que halle todas las rutas que pueden nacer de una ventana, para que encuentre su propio espejo que luego se astillará en mil pedazos y mostrará mil imágenes más, para que abrace a su estrella polar, para que eche a volar sus pájaros y sepan regresar después del invierno.

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