aves de corvos picos…

Aves de corvos picos,  el murmullo, puntos negros que hormiguean. Todo afuera. Un cilindro de luz  me sostiene al centro de sus aros. Blanca la arena del ruedo. Todo sucede adentro y yo  estoy fuera,  sintiendo sólo la luz, el peso de la luz, la sensata presencia de la luz que me custodia. Todo adentro. El silencio, el dolor, el anónimo olor a éter. La vida adentro, y la espera  consumiendo  los minutos. La vida y su equilibro de naipes. La vida pequeña o feliz  o  terca jugando con sus naipes, provocando a la noche, caminando a ciegas. Todo adentro y las manecillas del reloj acorralándonos a una esquina del tiempo y del silencio, y los oídos buscando una señal, una mínima señal,  cazando palabras, sonidos lejanos que nos den una respuesta  para luego tirarlos a un lado como perros que se engañan, que equivocan la presa. Y  cada engaño es un regreso al silencio, un brutal regreso al silencio. Hasta que al fin se  abren las puertas y  buscamos las huellas de lo incierto,  y las palabras  se abrazan las unas a las otras, y el  verde telón  se eleva para darnos paso. Bienvenido el llanto de éter, el olor a muerte, que es ya la vida,  bienvenido el temblor, el llanto mudo, la mano que vuelve.

 Las puertas han quedado atrás, se  abrirán y cerrarán para otros interminablemente. Regreso a través de un pasillo que sólo la luz sostiene. 

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